De aquí, de allá y de más allá - Vértice de Sinaloa


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De aquí, de allá y de más allá


¡Y que siga la fiesta, hijos de su...!


Por: J. Francisco LIZÁRRAGA
Con toda dedicación, entusiasmo, entrega desinteresada, bonhomía y desapego (al revés), me dispuse a garrapatear mi gustada sección cuando, de pronto, empezaron a retumbar las paredes de mi cueva infonavitaria.
Como siempre que a mis vecinos (que entonces parecen 4 mil 500) se les ocurre competir a ver quién hace más ruido y tiene peor gusto para la música, comenzaron a temblar las ventanas, a gotear la regadera y moverse la cama como si estuvieran juntos la chava Regan, del exorcista, y el Trump aventando bombas donde sea.
Calma, díjeme, al rato se ponen en paz, la cuerda no les dura tanto. Eran eso de las ocho y media de la noche del sábado que pasó.
Puse la remington (la máquina, que si fuera pistola otra había sido) en descanso y me distraje oyendo babosadas en la tevé.
Pero me dieron las diez, las once, las doce, la una, las dos y las tres (pinche Sabina) y nada que se apaciguaba una tanda de borrachos güegüenches que, tercos, apostaban al amanecer.
Dos que tres de mis vecinos les mentaban la madre a los enfiestados que desde la una estaban gritando como orates en un mitin electorero, y jugando competencias de carritos locos en los pasillos del campo de concentración que es la unidad infonavitera en donde vivo (y da igual, todas están por el estilo).

A eso de las cuatro de la mañana no pude más, indignado bajé las escaleras cuatrapeadas y dirígeme a hablar por teléfono a la policuica. “Buenoooo...” –Quesque quiero reportar un tremendo escándalo en la unidad infonavitaria de por aquí... “¿Onde?” –Y di las señas.
Que ahí vamos, dijeron los gendarmes gachos que nunca se aparecieron y cuando ya iba a dirigirme al mercadito Izábal para contratar chirrines con pistola, por fin se callaron los hijos de su reverenda...
El sol ya brillaba en todo su canijo esplendor.
Y pos se me fue la idea brillante que iba a desplegar en este número del “Vértice” mentado.
De nada me acordé y no me quedó otra que escribir esta canción en el cuarto donde aquella vez se estaba cayendo con la vibración endemoniada.
Ni la memoria pude vengar porque en mi chumilco ya no hay cristales.
Y así fue y así pasó, como todo sucedió. Y como va a suceder este fin de semana, el que sigue y el de más allá, y el otro, y más.
Ni hablarle a los cuicos. Da lo mismo.
 
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