5-L - Vértice de Sinaloa


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En un Día de la Madre


Vagaba, casi desnuda. El cuerpo deforme se le salía entre pliegues sucios de lo que había sido alguna ropa, indefinible, ahora, que no le cubrían su sexo y sus pechos, tristes y cansados, al aire. Instalada en la banqueta del malecón veía pasar al mundo. Di otra vuelta con la indecisión de parar y hablar ¿Qué diría?
Ya la había visto otras veces, en el mismo lugar. Por fin me detuve, atosigado por un sentimiento de profunda impotencia, y de rabia ante una realidad que me taladraba los sentidos.
¿Qué hace? –Pregunté, estúpidamente. Me miró. Sus ojos eran grandes, café claro, y su rostro, detrás de las costras de mugre, proyectaba una cierta tranquilidad.
- ¿Quiere que le traiga algo de comer?
Era claro que no me entendía. Sonreía, solamente. Estiró su brazo y tocó el mío, deslizando su mano por la tela de mi camiseta deportiva, con temor. Le devolví el gesto y toqué su hombro. Me miraba y sus ojos se fueron llenando de lágrimas, sin aspavientos.
- ¿En qué le puedo ayudar?
-Otra vez, con la insistencia idiota.
- ¿En qué le puedo ayudar?
Solo me mira y mueve la cabeza y aparece lo que nadie puede imaginar hasta que lo ve: la risa del llanto.
Me doy cuenta de que haga lo que haga, la respuesta es en nada. Nada, nada.
Recordé, al punto de la desesperación, que era diez de mayo, día de las madres que el comercio ha tomado por asalto ¿Será ella, también, madre?
-Espéreme, le dije, no se vaya. Saqué una sudadera del auto y se la di para que se cubriera. Regresé al vehículo y tan rápido como pude llegué al primer puesto que vi. Compré pan, un poco de queso, un refresco y una flor.
Di la vuelta a gran velocidad y desde lejos trataba de encontrar su figura, pero ya no estaba.
Iba y venía, desesperado. Pero ya no estaba. Bajé a la ribera del río y caminé arriba y abajo. Ya no estaba.
Me senté en el mismo lugar donde la encontré y la había visto muchas veces, entre el sudor y el llanto. Ahí permanecí, mientras sonaban ecos festivos de la gente que pasaba.
Las risas y el jolgorio en la emoción de la circunstancia rondan la calle.
-No sé qué más.
- ¿Alguien sabe?
Líbrame, te ruego, de la mano de mi hermano, de la mano de Esaú, porque yo le tengo miedo, no sea que venga y me hiera a mí y a las madres con los hijos. (Génesis, 32:11). 
(Relato que aparece en el libro Por el Foro de Trajano, 2014, de J. G. Cano).
 
 
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